Una ofensa que no podemos tolerar…

Los pueblos construyen su identidad a partir del sacrificio de sus mejores hijos. Son éstos, los que acuden sin vacilaciones al llamado de la patria, dispuestos a ofrendar su sangre en aras de la libertad, la justicia y la paz. Son héroes y mártires que se proyectan como paradigmas, y que se elevan como estandartes dignos de veneración y respeto. Cada pueblo escribe su historia a partir de las proezas gloriosas de esos héroes que sin importar los riesgos y calamidades decidieron luchar por la defensa de la soberanía de la patria.

Así encontramos la figura Inmaculada de Juan Pablo Duarte, ideólogo de la causa redentora emprendida por los jóvenes Trinitarios que bajo el lema de Dios, Patria y Libertad, asumieron fundar la nación dominicana, declarándola libre e independiente de toda potencia extranjera. Lo que somos hoy como nación, sin menoscabo del sacrificio de cientos de mártires que acudieron con fervor al llamado de la patria, se lo debemos a Duarte y Los Trinitarios.

Es por ello que reclamamos respeto a su memoria, respeto por su sacrificio y por haber dedicado su juventud a la lucha por la causa redentora. Hoy, cuando la sociedad está amenazada por antivalores, cuando nos asecha el peligro de la manipulación extranjera que busca unificar la isla y se cierne sobre nuestro pueblo la más perniciosa campaña de descrédito movida hacia ese despropósito, resulta inaceptable que malos dominicanos pretendan arrojar lodo sobre la figura Inmaculada del padre de la patria.

Si a un artista de música urbana se le sancionó por haber irrespetado un símbolo patrio, es preciso tomar medidas ejemplarizadoras contra toda persona, sin importar su estatus o posición social, que pretenda por cualquier medio pisotear la imagen de nuestros héroes esto debe ser sancionado, más cuando se trata de comunicadores que desde los medios están llamados a orientar a la sociedad. 

Toda ofensa a Juan Pablo Duarte es un golpe a la patria, un golpe que debe ser castigado conforme a la magnitud del ultraje. La Comisión Nacional de Espectáculos Públicos y Radiofonía no puede permanecer callada, tolerante y permisiva ante tal agravio. La sociedad reclama dejar atrás la doble moral de castigar y sancionar a los que nos conviene, mientras dejamos al margen de sanciones a los intocables. Todo agravio o ultraje a los héroes y símbolos patrios merece ser sancionado sin importar la naturaleza de los culpables.

 

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