Cuando golpeamos a nuestros semejantes con el látigo de las ofensas, calumnias y vejaciones, tatuamos, con tinta indeleble, la imagen del resentimiento que crece con el tiempo. Obviamente, las heridas más profundas son las que traspasan las fibras de los sentimientos.
En todos los ámbitos de la vida social y política, más allá de las confrontaciones bélicas, sentimos preocupación por la proliferación de armas indecorosas que apuntan a dañar el honor de las personas, bajo el consabido lema de: “difama que algo queda”
Así transitamos por el camino de la descomposición política que destruye liderazgos forjados con sacrificios. Recordamos la leyenda del dueño de un camello que atribuía su pobre desempeño a las debilidades del animal, hasta que un día decidió venderlo y nadie lo quiso comprar. Hoy, como el dueño del camello, encontramos dirigentes políticos carentes de principios y valores democráticos, que asumen como enemigos a sus propios compañeros de partidos por el simple hecho de que aspiran a ocupar posiciones en el Estado: un derecho consagrado en la Constitución de la República Dominicana.
Y así andamos, con difamadores consumados, con mercenarios, sicarios y detractores de todo tipo, dispuestos a liquidar del ejercicio político a quienes se crucen en su camino. Ahora que estamos en la antesala de una campaña electoral que luce enrarecida, es el momento de plantear un cambio de conducta que permita elevar la calidad del discurso, actuando bajo el faro de la decencia, sin tener que difamar y ultrajar de forma mediocre y vulgar a quienes también les asiste el derecho de presentar sus aspiraciones ante el pueblo, que es el soberano.
Las heridas producidas con la daga curva de las calumnias, perduran para toda la vida.
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𝐏𝐞𝐫𝐚𝐯𝐢𝐚, 𝐑.𝐃. 𝐋𝐨𝐬 𝐭𝐫𝐚𝐛𝐚𝐣𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐜𝐨𝐧𝐬𝐭𝐫𝐮𝐜𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐝𝐞𝐥 𝐥𝐢𝐜𝐞𝐨 𝐂𝐚𝐭𝐚𝐥𝐢𝐧𝐚-𝐂𝐚𝐫𝐫𝐞𝐭𝐨́𝐧 𝐜𝐨𝐧𝐭𝐢𝐧𝐮́𝐚𝐧 𝐚𝐜𝐭𝐢𝐯𝐨𝐬 𝐲 𝐫𝐞𝐠𝐢𝐬𝐭𝐫𝐚𝐧 𝐮𝐧 𝐚𝐯𝐚𝐧𝐜𝐞 𝐚𝐩𝐫𝐨𝐱𝐢𝐦𝐚𝐝𝐨 𝐝𝐞𝐥 𝟕𝟓 %, 𝐬𝐞𝐠𝐮́𝐧 𝐢𝐧𝐟𝐨𝐫𝐦𝐨́ 𝐞𝐥 𝐢𝐧𝐠𝐞𝐧𝐢𝐞𝐫𝐨 𝐎𝐬𝐜𝐚𝐫 𝐑𝐮𝐢𝐳,