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Cuando el mundo está cada vez más alejado de los valores enaltecedores del ser humano, es preciso reflexionar sobre una de las prendas morales que muchos confunden con pobreza. Se trata de la humildad. El valor más excelso, definido como modestia, recogimiento, paciencia, recato y obediencia. Cualidades que iluminaron al Divino Maestro, que con su ejemplo trazó los perfiles de sencillez que se anteponen a la soberbia, la rebeldía, la vanidad y la bajeza espiritual. Así podemos encontrar en cualquier lugar, sin importar la condición económica y social, a personas que se constituyen en paradigmas de humildad, nacidas para servir a los demás. Desde profesionales consagrados, líderes comunitarios, religiosos, artistas y empresarios, hasta políticos.

Obviamente, la mayor pobreza es la de espíritu, la que reniega de los más elementales principios, la que cierra oportunidades y coloca obstáculos para que otros no avancen. Esa es la peor de las debilidades humanas, comparada con la ruindad y el envilecimiento contrario a la nobleza. Donde no hay humildad impera el sentido de aristocracia que raya en la soberbia, la petulancia y la insolencia marcada por la arrogancia. Así observamos a diario el comportamiento de políticos que emergen de los barrios y comunidades rurales y se inflan de poder, cambiando el correcto proceder, con el consabido encumbramiento destinado a ultrajar y ofender a quienes cruzan por su lado.

Esos son los que al descender del pedestal del poder caen degradados frente a los que ayer humillaron. El mensaje es claro. Si leemos con atención los evangelios, podemos darnos cuenta que en Jesús, Dios no se define por su poder, o por su fuerza, como todos esperaban.  En Jesús, Dios se nos ha revelado como un Dios esencialmente humilde.

La humildad es uno de sus más grandes atributos. Jesús vivió de acuerdo con lo que enseñaba sobre Dios.  Eligió sujetarse a la voluntad del Padre  y servir a la gente. Hoy, cuando el ser humano se pierde en la vanidad, invocamos la humildad como la virtud atribuida a quienes han desarrollado conciencia de sus propias limitaciones y debilidades, y obran en consecuencia para superarlas, actuando en favor de los demás. Sin embargo, la humildad no se disfraza, ni se actúa cual escena de teatro, es un valor natural que se va gestando en el discurrir cotidiano del ser humano. Ojalá que muchos aprendiéramos el valor de la humildad para superar la pobreza espiritual que nos mueve a valorar a aquellos que son tan pobres que lo único que tienen es dinero.

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