Al parecer todo parece indicar que hay una disposición para que sea así. Existe un clamor popular para que el Estado dominicano resuelva, mediante la esperada reforma, los viejos males que arrastra la Policía Nacional.
El proceso inició en abril de este año con la creación de una comisión especial honorífica para la transformación y profesionalización de la institución del orden público. Sin embargo, sin tener que profundizar, la mayoría de los ciudadanos conocen los aspectos que deben ser reformados tal como lo dio a conocer la comisión en su informe final.
Según el diagnóstico entregado al presidente Luis Abinader, se requiere de mayor formación y recursos para dignificar a sus miembros mejorando sus salarios y así su calidad calidad de vida.
Entre los hallazgos más importantes figuran: la ausencia de control, especialmente de tipo externo, falta de estructuración de las compensaciones salariales, el centralismo excesivo de la actuación policial, recursos insuficientes, formación académica deficiente, enfoque erróneo del uso de la fuerza, violaciones de los derechos humanos, necesidad del fortalecimiento de la carrera policial y el escalafón, al igual que la falta de estructuración de perfiles de ingresos y de cultura policial al servicio de la ciudadanía.
En otras palabras, la reforma busca eliminar las viejas mañas que todos repudiamos.
Ahora que apreciamos la disposición del gobierno, que percibimos que la reforma va en serio, que hay un presidente dispuesto a producir la modernización de una entidad que para muchos lucía desfasada, reducida a una caricatura donde el respeto y la confianza se habían perdido frente a los niveles de inseguridad imperantes en la sociedad y los constantes escándalos donde agentes policiales eran señalados en actos delincuenciales, es más que urgente cambiar el panorama, aportando a la sociedad una nueva policía nacional conforme a las que existen en naciones hermanas.
Lo que tenemos hoy no se corresponde con una institución moderna, con tecnología al servicio de los agentes, con estándares de profesionalización y salarios decentes, pero sobre todo, con una cultura ética con estricto respeto de los derechos humanos. Esa es la policía a la que todos aspiramos.