ESPECIAL: Más allá de sobrevivir: recuperar la salud mental después de la violencia de género

 

Mientras los feminicidios ocupan titulares, las mujeres que sobreviven a la violencia enfrentan un proceso silencioso para sanar sus secuelas emocionales. Este reportaje explora cómo la atención psicológica, el acompañamiento institucional y las redes de apoyo pueden marcar la diferencia en la recuperación, el bienestar y la reconstrucción del proyecto de vida de las sobrevivientes.

Por Luisana Lora Perelló

Cada feminicidio ocupa titulares, genera indignación y reabre el debate sobre cómo prevenir el siguiente. Sin embargo, hay otra historia que casi nunca se cuenta: la de las mujeres que sobreviven y comienzan una batalla silenciosa para recuperar su salud mental, reconstruir su autoestima y volver a creer en un proyecto de vida.

De acuerdo con datos divulgados por la Fundación Vida Sin Violencia, durante el primer semestre de 2026 se registraron 47 feminicidios en República Dominicana y al menos 68 niños, niñas y adolescentes quedaron en condición de orfandad. Detrás de esas cifras existe otra realidad que permanece casi invisible: la de las sobrevivientes que, una vez termina la violencia, enfrentan un largo proceso de recuperación emocional.

Ese vacío fue el punto de partida de este reportaje.

¿Qué ocurre con una mujer después de denunciar? ¿Cómo se reconstruye una vida marcada por el miedo? ¿Qué apoyo recibe para sanar heridas que nadie puede ver?

El silencio después de la violencia

Maricris (nombre ficticio). Su identidad e imagen fueron protegidos por razones de seguridad y privacidad.

Esa recuperación tiene rostro.

Maricris tenía apenas 17 años cuando creyó haber encontrado al hombre con quien compartiría el resto de su vida. Lo que comenzó como una historia de amor terminó convirtiéndose en un ciclo de violencia física, psicológica, sexual y económica que se prolongó durante años.

Dejó sus estudios, perdió su independencia económica y aprendió a convivir con el miedo mientras intentaba proteger a sus cuatro hijos.

Han pasado dos décadas desde entonces.

Hoy sus hijos son adultos, dos de ellos profesionales, y ella ha logrado construir una vida tranquila. Nunca recibió atención psicológica. En ese momento no sabía que necesitaba ayuda especializada ni conocía los recursos disponibles para iniciar un proceso de recuperación emocional.

Aun así, reconoce que hay recuerdos que siguen apareciendo sin avisar.

“Esas secuelas no se borran.”

Su historia refleja una realidad que los especialistas conocen bien: sobrevivir a la violencia no significa haber sanado.

Las heridas que nadie ve

Para la psicóloga clínica María Martínez, muchas mujeres llegan a consulta sin relacionar los síntomas que presentan con la violencia que han vivido.

“No llegan diciendo que fueron víctimas de violencia. Llegan porque no duermen, porque presentan ansiedad o síntomas de depresión. Es durante la evaluación cuando descubrimos que todo tiene relación con esa experiencia.”

La especialista explica que entre las secuelas más frecuentes se encuentran el insomnio, la ansiedad, la depresión, la baja autoestima, la dependencia emocional, el miedo permanente y el trastorno de estrés postraumático.

“Una mujer violentada usualmente baja la autoestima y desarrolla una dependencia absoluta incluso de su agresor.”

María Martínez, psicóloga clínica, explica que muchas sobrevivientes llegan a consulta por síntomas de ansiedad, insomnio o depresión sin relacionarlos inicialmente con experiencias de violencia.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera la violencia contra la mujer un grave problema de salud pública y advierte que sus consecuencias pueden incluir depresión, ansiedad, trastornos del sueño, estrés postraumático e incluso conductas suicidas.

En las Américas, las estimaciones de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y la OMS indican que una de cada cuatro mujeres de entre 15 y 49 años ha sufrido violencia física o sexual por parte de una pareja actual o anterior.

Las consecuencias, por tanto, pueden permanecer mucho después de que termina la agresión.

Cuando la violencia llega al sistema de salud

La violencia también llega a los centros sanitarios.

Datos suministrados por el Servicio Nacional de Salud (SNS) para este reportaje muestran que la red pública atendió 509 personas o casos relacionados con situaciones de violencia de género e intrafamiliar entre abril y junio de 2026.

Los registros pasaron de 155 en abril a 169 en mayo y 185 en junio, lo que representa un incremento aproximado de 19 % entre el primer y el último mes del período.

El SNS informó que la recopilación y sistematización de estos datos comenzó bajo la actual administración con el propósito de fortalecer el registro, monitoreo y análisis de estas situaciones, así como apoyar la planificación, evaluación, prevención, atención integral y protección.

Los datos corresponden a personas o casos atendidos por situaciones relacionadas con violencia de género e intrafamiliar; no equivalen necesariamente a denuncias ni corresponden exclusivamente a mujeres.

Los datos disponibles permiten conocer cuántas personas llegaron a la red pública por situaciones relacionadas con violencia, pero no permiten visualizar en este registro cuántas recibieron atención psicológica, cuántas mantuvieron seguimiento ni cuántas completaron un proceso de recuperación emocional.

Esa limitación deja abierta una pregunta fundamental para el abordaje de la violencia como problema de salud pública: ¿qué ocurre después de la primera atención?

Llegar a la ayuda tampoco ha sido sencillo

Los antecedentes estadísticos disponibles muestran que acceder a atención médica o psicológica después de sufrir violencia ha sido históricamente limitado.

La Encuesta Experimental sobre la Situación de las Mujeres (ENESIM-2018), de la Oficina Nacional de Estadística (ONE), encontró que apenas 6.5 % de las mujeres víctimas de violencia de pareja declaró haber recibido atención médica o psicológica como consecuencia de las agresiones o de los problemas ocasionados por ellas.

Aunque el dato corresponde a 2018 y no describe por sí solo la situación actual, aporta un antecedente relevante para comprender la distancia que puede existir entre sobrevivir a la violencia y acceder a una atención integral para tratar sus consecuencias físicas y emocionales.

Esa realidad también ayuda a dimensionar historias como la de Maricris, quien atravesó años de violencia y logró salir de la relación, pero nunca recibió atención psicológica para tratar las secuelas que permanecieron después.

Denunciar no termina con el miedo

Para muchas mujeres, la denuncia representa apenas el inicio del camino.

La fiscal de Violencia de Género e Intrafamiliar de Peravia, Cecilia Báez, explica que el Ministerio Público solicita órdenes de arresto, medidas de coerción y, cuando existe un riesgo elevado, coordina el ingreso voluntario de las víctimas a casas de acogida.

Sin embargo, advierte que las medidas judiciales no siempre bastan para garantizar la seguridad.

“Yo le llamo a esto un papel frío que no detiene nada.”

Cecilia Báez, fiscal encargada de la unidad de violencia de género e intrafamiliar en Peravia, advierte que las medidas judiciales no siempre son suficientes para garantizar la seguridad de las víctimas.

El desafío más complejo suele aparecer después de la denuncia.

Según la estimación de Báez, basada en su experiencia al frente de la unidad, cerca del 90 % de las mujeres que inician un proceso por violencia terminan desistiendo debido a la dependencia económica, las amenazas, el miedo, la presión familiar o la esperanza de que el agresor cambie.

“Muchas no se ven como víctimas.”

Salir de una relación violenta tampoco significa haber recuperado la estabilidad emocional.

La directora provincial del Ministerio de la Mujer, Nerva Arias, explica que el acompañamiento debe ser integral e incluir atención psicológica, asesoría legal, trabajo social, seguimiento, acceso a casas de acogida y programas de capacitación que permitan fortalecer la autonomía económica.

El propósito, señala, es que cada mujer pueda reconstruir su proyecto de vida y recuperar la confianza para tomar decisiones libres de violencia.

Nerva Arias, directora provincial del Ministerio de la mujer en Peravia, destaca que la recuperación de las sobrevivientes requiere atención psicológica, asesoría legal, seguimiento y apoyo para fortalecer su autonomía económica.

La Oficina Provincial del Ministerio de la Mujer sostiene que esa recuperación requiere una respuesta coordinada entre los servicios de salud, el sistema de justicia y las instituciones de protección social, ya que ninguna entidad puede responder por sí sola a las múltiples consecuencias de la violencia.

La respuesta institucional, por tanto, no termina con una denuncia, una medida de protección o una consulta médica. Para que una mujer pueda reconstruir su vida, el acompañamiento debe continuar más allá de la emergencia y conectar la protección jurídica con la atención psicológica, el apoyo social y las oportunidades de recuperar autonomía económica.

Cuando los hijos también son víctimas

La violencia de género también deja huellas en quienes la presencian.

UNICEF advierte que los niños, niñas y adolescentes expuestos a la violencia en el hogar pueden sufrir consecuencias en su salud mental, comportamiento, desarrollo y relaciones.

Romper ese ciclo no solo protege a las mujeres. También ofrece a sus hijos la oportunidad de crecer en un entorno seguro y disminuye el riesgo de que los patrones violentos continúen reproduciéndose.

Las consecuencias de la violencia, entonces, no se limitan a la mujer que la sufre directamente. También alcanzan a su entorno familiar y pueden prolongarse durante años si no existe una intervención adecuada y oportuna.

Sobrevivir no basta

La violencia no termina necesariamente cuando una mujer abandona la relación, presenta una denuncia o consigue una medida de protección.

Para muchas sobrevivientes comienza entonces otra etapa: recuperar la salud mental, reconstruir la autonomía y volver a desarrollar un proyecto de vida.

Los datos y testimonios recogidos en este reportaje muestran que existen puertas de entrada al sistema de atención: los servicios de salud reciben casos, el Ministerio Público activa mecanismos de protección y el Ministerio de la Mujer ofrece acompañamiento psicológico, legal y social.

El desafío está en conseguir que esa ruta tenga continuidad.

No basta con que una mujer llegue una vez a una institución. La recuperación puede requerir atención psicológica sostenida, seguimiento, apoyo social, protección efectiva y herramientas que le permitan recuperar su independencia económica.

La articulación entre salud, justicia y protección social se convierte así en una pieza fundamental. Cuando alguna de esas partes falla o se interrumpe, la sobreviviente puede quedar nuevamente sola frente a las consecuencias de la violencia.

El reto para las instituciones no termina cuando una mujer sobrevive. También implica garantizar que pueda recuperar aquello que la violencia le arrebató: seguridad, autoestima, autonomía, bienestar emocional y la posibilidad de volver a construir su vida.

Volver a vivir

La recuperación ocurre, muchas veces, lejos de los titulares: en una consulta psicológica, en una casa de acogida, en una red de apoyo o en la decisión cotidiana de volver a empezar.

La Organización Mundial de la Salud insiste en la importancia de una atención oportuna y adecuada frente a las consecuencias que la violencia puede provocar sobre la salud física y mental de las sobrevivientes.

La psicóloga María Martínez lo resume en una frase:

“Pedir ayuda es la fortaleza que te va a sacar de esa pesadilla.”

Veinte años después, Maricris ha reconstruido gran parte de su vida. Sus hijos crecieron, estudian y trabajan. Sin embargo, reconoce que algunas heridas siguen presentes.

Cuando le preguntan qué quedó de aquellos años, responde sin titubear:

“Esas secuelas no se borran.”

Las estadísticas seguirán registrando feminicidios y los tribunales continuarán conociendo nuevos casos. Pero detrás de cada mujer que logra sobrevivir existe otra historia que también merece ser contada: la de quienes luchan, muchas veces en silencio, por recuperar su salud mental, reconstruir su bienestar y volver a vivir.

 

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