EDITORIAL

LA CULTURA DEL DESORDEN…

Cuando los ciudadanos asumen como normal violar las reglas establecidas, actuando como “chivos sin ley”, no solo provocan el caos y el desorden, sino que trastornan la vida de los demás, dañando la imagen de la ciudad.

Ese es el feo espectáculo que se reproduce aquí, en la hasta ayer, culta y apacible ciudad de Baní, donde las autoridades parecen decididas a aplicar la socorrida frase de “Sálvese quien pueda”, en competencia con los pocos que asumen respetar las normas. Lo que estamos viviendo es deprimente: motoristas que se adueñan de las esquinas, que no respetan las señales de tránsito, que violan la luz roja de los semáforos, que se pasean sin documentos y sin el casco protector frente a los agentes de la DIGESETT.

Esto, sin contar las imprudencias cometidas, el manejo temerario y la falta de accesorios indispensables para transitar por nuestras calles. Sin embargo, a pesar de las evidencias, son invisibles para las autoridades.

Baní se ha convertido en una ciudad fallida en materia del tránsito, donde los conductores se meten en vías contrarias, y se estacionan en ambos laterales de las calles provocando tapones infernales. Pero nadie mueve un dedo para evitarlo.

Así ocurre en la 27 de Febrero, donde cualquier desaprensivo, sin el mínimo respeto, conduce de este a oeste, sin que aparezca un solo agente de la DIGESETT para imponer el orden.

De hecho, estas acciones se reproducen en la mayoría de las calles reconocidas de una vía. Y es que a Baní habrá que declararla ciudad fallida, donde las reglas no se respetan y los ciudadanos carecen de conciencia para conducir con prudencia, apegados a las medidas contenidas en la ley de tránsito. Hemos llegado al colmo de ver cómo se cierran calles principales para celebrar fiestas de palos, rezos y cumpleaños sin la aprobación del departamento de planeamiento urbano del ayuntamiento. Una práctica que viene ocurriendo a pesar de los problemas que ocasionan.

Hablar del tránsito en Baní es sinónimo de desorden, falta de autoridad, abandono de la responsabilidad y complicidad con individuos y empresas que ponen el mal ejemplo.

Con frecuencia se habla de planes del gobierno, del interés del ayuntamiento y de las autoridades llamadas a controlar el tránsito, pero todo sigue en desbandada.

Las esquinas tomadas como paradas, negocios que se roban las aceras, vehículos en vías contrarias, camiones y patanas estacionados en zonas de peligro, y un largo etcétera que nos lleva a pensar que estamos convirtiendo en un arrabal a una ciudad que décadas atrás era reconocida como modelo de organización, limpieza y urbanidad. Vamos a retomar el control de la ciudad, imponiendo la ley.  Solo eso, y nada más.

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